Últimamente, cuando una persona llega a consulta con dolor persistente, fatiga o una recuperación que no avanza como esperaba, hay una pregunta que he introducido en mi exploración y que antes pasaba por alto: ¿cuántas horas duermes?
Es una pregunta razonable. Las horas son fáciles de recordar, registrar y comparar. Hemos aprendido que dormir ocho horas es saludable y que dormir menos de seis puede ser un problema. Sin embargo, una persona puede permanecer ocho horas en la cama y levantarse con la sensación de no haber descansado. También puede quedarse dormida con facilidad y pasar buena parte de la noche despertándose, intentando encontrar una postura o mirando el reloj.
Por eso, preguntar únicamente por la duración puede hacernos creer que hemos explorado el sueño cuando apenas hemos visto su superficie.
No es lo mismo tardar mucho en dormirse que conciliar el sueño rápidamente y despertarse varias veces durante la noche. Tampoco es igual despertarse, cambiar de postura y volver a dormir que permanecer despierto durante largos periodos. El número final de horas puede parecerse, pero la experiencia y las posibles causas son diferentes.
El insomnio no siempre se presenta igual. Hablamos de insomnio de inicio cuando la principal dificultad consiste en conciliar el sueño; de insomnio de mantenimiento cuando el problema son los despertares o la dificultad para continuar durmiendo; y de despertar precoz cuando la persona se despierta antes de lo deseado y no consigue retomar el sueño.
Estas expresiones no diagnostican por sí mismas un trastorno. Sirven para describir mejor lo que sucede y para empezar a formular preguntas más útiles: ¿el dolor despierta a la persona?, ¿necesita ir al baño?, ¿ronca o hace pausas al respirar?, ¿permanece en alerta?, ¿hay ruido, medicación, preocupación o alguna enfermedad que pueda estar interfiriendo?
Un estudio publicado en 2026 ofrece una buena oportunidad para pensar sobre esta diferencia. Los investigadores evaluaron a 1.002 personas de entre 60 y 90 años mediante el índice de calidad del sueño de Pittsburgh, conocido como PSQI. Este cuestionario recoge información sobre la calidad percibida del sueño, el tiempo necesario para dormirse, su duración, las interrupciones, el uso de medicación y el funcionamiento durante el día. Es una herramienta de evaluación subjetiva; no registra directamente las fases del sueño ni sustituye un diagnóstico clínico o una prueba del sueño. El PSQI original puede consultarse en PubMed.
Los participantes fueron agrupados según presentaran dificultades para iniciar o para mantener el sueño. Después, en una parte de la muestra, los investigadores analizaron el ARN presente en sangre para estudiar si esos patrones se acompañaban de diferencias en la actividad de determinados genes.
Aquí conviene detenerse, porque “actividad genética” puede sonar mucho más concluyente de lo que realmente es.
Herramienta privada · 3 minutos
Explora cómo duermes
No es el PSQI ni una prueba diagnóstica. Es una herramienta original de FisioLógico para ordenar lo que ocurre durante tus noches y ayudarte a explicarlo mejor.
- Piensa en las últimas dos semanas.
- No guardamos ni enviamos respuestas.
Lo que puede decirnos la sangre y lo que todavía no sabemos
Casi todas nuestras células contienen los mismos genes, pero no todos permanecen activos al mismo tiempo. Dependiendo del tejido, el estado del organismo y las señales que recibe la célula, algunos genes aumentan o reducen su actividad. Una forma de aproximarse a esa actividad consiste en medir el ARN mensajero: las instrucciones temporales que la célula produce para fabricar determinadas proteínas.
El conjunto de esas instrucciones se denomina transcriptoma. Analizarlo no permite saber directamente si una persona tiene inflamación, si desarrollará una enfermedad o qué está causando sus síntomas. Ofrece una imagen parcial de qué procesos celulares podrían estar más o menos activos en el momento de recoger la muestra.
En este estudio no se detectaron diferencias significativas en la expresión genética de las personas con dificultad para iniciar el sueño. Tampoco se encontraron en el pequeño grupo que declaró dormir menos de seis horas. En cambio, entre quienes presentaban dificultades para mantenerlo aparecieron 244 genes con una expresión diferente respecto al grupo de comparación. Muchos estaban relacionados con mecanismos celulares que participan en la respuesta antiviral y en la detección de ARN de doble cadena.
Esto no significa que aquellas personas tuvieran una infección vírica. Tampoco demuestra que despertarse durante la noche active directamente una respuesta inmunitaria. Los investigadores observaron una señal biológica compatible con determinadas vías celulares, pero el estudio no permite reconstruir el camino que condujo hasta ella.
La cautela es especialmente importante porque, aunque participaron 1.002 personas en la evaluación general, el análisis principal de expresión genética incluyó solamente a 26 personas con insomnio de mantenimiento. El análisis específico del ARN de doble cadena se realizó en un grupo todavía menor: 17 casos. Son muestras capaces de generar una hipótesis interesante, pero demasiado pequeñas para establecer un patrón biológico definitivo.
Además, el diseño era transversal. Esto significa que el sueño, las enfermedades y las muestras de sangre se evaluaron en un momento concreto. Podemos observar que aparecen juntos, pero no saber qué ocurrió primero.
Las personas con insomnio de mantenimiento presentaban también más problemas cardiometabólicos. Es posible que los despertares estén relacionados con esos problemas; que las enfermedades, sus síntomas o sus tratamientos estén fragmentando el sueño; que ambos fenómenos compartan otros factores; o que varias de estas posibilidades convivan.
El estudio tampoco utilizó polisomnografía, la prueba que registra el sueño, la respiración y otras señales fisiológicas durante la noche. Por tanto, no midió directamente cuánto sueño profundo o REM alcanzaba cada persona y no pudo descartar instrumentalmente trastornos como la apnea obstructiva del sueño. El estudio original está disponible en la revista International Journal of Molecular Sciences.
Decir que no se encontraron diferencias genéticas entre quienes dormían menos de seis horas tampoco demuestra que reducir el sueño sea inocuo. En ese análisis había solamente diez personas. La ausencia de un resultado significativo puede representar una ausencia real, pero también puede aparecer cuando la muestra es demasiado pequeña para detectar una diferencia.
Este estudio no demuestra que el insomnio de mantenimiento provoque inflamación, enfermedad cardiovascular o diabetes. No demuestra que dormir suficientes horas compense un sueño interrumpido. Tampoco permite afirmar que despertarse varias veces sea más perjudicial que dormir poco.
Entonces, ¿para qué nos sirve?
Medimos las horas porque son fáciles, no porque lo expliquen todo
Nos sirve para recordar que dos personas que dicen dormir seis horas pueden estar describiendo noches completamente diferentes.
Una puede tardar más de una hora en conciliar el sueño y, una vez conseguido, dormir de forma continuada. Otra puede quedarse dormida en pocos minutos y despertarse cinco veces. Una tercera puede pasar ocho horas en la cama, pero acumular largos periodos de vigilia y levantarse agotada.
Resumir las tres experiencias mediante una cifra hace desaparecer información clínicamente relevante.
La duración importa, pero también importan la continuidad, la regularidad, la sensación de descanso, la somnolencia durante el día y las circunstancias que rodean cada despertar. El sueño no es solo tiempo acumulado. Es un proceso que sucede durante la noche y cuyos efectos también se manifiestan durante el día.
Esto resulta especialmente relevante cuando acompañamos a personas con dolor persistente. Dolor y sueño pueden influirse mutuamente: el dolor puede dificultar el descanso y una noche poco reparadora puede modificar la fatiga, el estado de ánimo, la atención y la forma en que se experimentan los síntomas. Reconocer esa relación no significa atribuir todo el dolor al sueño ni prometer que dormir mejor hará desaparecer el problema. Significa comprender que ambos forman parte de una situación que merece explorarse con mayor precisión.
Cuando alguien refiere despertares frecuentes, la conversación no debería detenerse en una recomendación genérica sobre higiene del sueño. Antes necesitamos entender qué está interrumpiendo la noche.
Puede ser el dolor, pero también la necesidad de orinar, una dificultad respiratoria, el consumo de alcohol, el efecto de un medicamento, las piernas inquietas, la temperatura, el ruido, la ansiedad o una combinación de factores. Algunas situaciones pueden abordarse dentro de nuestra intervención; otras necesitan la valoración de un médico o de un profesional especializado en sueño.
La utilidad clínica del estudio no está en convertir sus hallazgos genéticos en una explicación para cada paciente. Está en ayudarnos a formular mejores preguntas.
Además de “¿cuántas horas duerme?”, podemos preguntar: ¿le cuesta quedarse dormido o el problema aparece después? ¿Cuántas veces suele despertarse? ¿Sabe qué lo despierta? ¿Puede volver a dormir? ¿Ronca, se ahoga o alguien ha observado pausas respiratorias? ¿Cómo se encuentra al levantarse? ¿Tiene sueño o fatiga durante el día? ¿El dolor aparece antes del despertar o lo percibe cuando ya está despierto?
No necesitamos hacer todas estas preguntas como si completáramos un formulario. Necesitamos utilizarlas para comprender la historia de esa persona y decidir si estamos ante un hábito modificable, una consecuencia del dolor, una posible alteración del sueño o una señal que requiere otra valoración.
Preguntar mejor también es intervenir mejor
Solemos medir lo que resulta fácil de medir. Las horas ofrecen una cifra limpia y tranquilizadora en un terreno que no lo es. La persona puede recordarlas, nosotros podemos anotarlas y el informe puede convertirlas en un dato aparentemente objetivo.
Pero el sueño no es solo una cantidad. Es continuidad, ritmo, contexto y experiencia. Una noche no se comprende únicamente sumando minutos, del mismo modo que una vida activa no se comprende contando pasos sin preguntar qué actividades puede realizar la persona y cuáles ha tenido que abandonar.
El estudio no nos dice cómo tratar el insomnio de mantenimiento ni permite convertir una señal genética en una recomendación terapéutica. Su principal valor está en recordarnos que bajo la palabra “insomnio” pueden existir experiencias diferentes y que esas diferencias merecen ser investigadas con mejores diseños y muestras más amplias.
Mientras llega esa evidencia, no necesitamos inventar respuestas. Podemos empezar por algo más sencillo y más honesto: dejar de asumir que preguntar por las horas equivale a haber comprendido el sueño.
Porque pensar bien en clínica no consiste en tener una explicación para todo. Consiste, muchas veces, en cometer menos errores al preguntar.
Y quizá la próxima vez que alguien nos diga que duerme ocho horas, la pregunta más útil no sea si son suficientes.
Quizá sea: ¿cómo transcurren esas ocho horas y cómo te encuentras cuando termina la noche?
Nota editorial. Esta herramienta no reproduce el PSQI, no genera una puntuación clínica y no diagnostica insomnio, apnea ni otro trastorno. Si tienes somnolencia al volante, evita conducir y solicita valoración.
Para aprender más
Sleep Maintenance Insomnia in Older Adults: Cardiometabolic Comorbidities and Evidence of Antiviral Pathways Activation
Es el estudio que inspira esta reflexión. Sus resultados son exploratorios y proceden de un diseño transversal con submuestras pequeñas para los análisis transcriptómicos.
Consultar el estudio originalThe Pittsburgh Sleep Quality Index: A New Instrument for Psychiatric Practice and Research
Presenta el PSQI y explica las dimensiones subjetivas del sueño que evalúa. Es una herramienta de cribado y caracterización, no una medición directa de las fases del sueño.
Consultar en PubMedInsomnia Symptom Trajectories and Incident Cardiovascular Disease in Older Adults
Estudio longitudinal que relaciona la persistencia y acumulación de síntomas de insomnio con la incidencia cardiovascular. La relación es observacional y no demuestra que el insomnio sea la causa directa.
Consultar en PubMed